Parejas

Eso que evitamos siendo mujeres, eso que esquivan muchas de nosotras: la mirada inquisitiva, el rumor escurridizo, la respuesta de no aprobación, el portazo, el silencio.
A veces en esta cualidad receptiva aceptamos más de lo que deberíamos y nuestras almas se hacen esponjas de los llamados ajenos. Así las relaciones se convierten en un monte espeso de espinas, donde cuesta transitar por él,  se hace difícil salir y sobretodo duele. 
Aún así las alas están allí esperando que las despertemos, tienen pequeños oídos que necesitan escuchar el grito de liberación de las emociones ahogadas. Son alas que saben volar entre espinas y tienen una boca para reir, porque ese es su alimento, el combustible que las lleva a avanzar. Solo es preciso que comencemos a sentirlas en nuestra espalda porque siempre han estado allí. Igual que nuestra niña interna esa que nos lleva de la mano a los lugares donde soñar es posible. Ella sabe que la fortaleza de reafirmarse en el propio ser no viene de los demás se manifiesta interna y como una convicción serena y feliz.  
Es posible que seamos almas destinadas a reconciliarnos con nosotras mismas a través de los demás, pero obstinadamente invertimos la relación y queremos reconciliarnos con los demás a costa de nosotras mismas, poniendo a prueba una especie de bondad ilimitada. 
El juego en el que estamos es menos mental que uno de mesa y va más allá de nuestros superfluos deseos. Todo está ahí frente a nuestros ojos, son las espinas que más duelen, se trata de comenzar a mirar porque hieren tanto, para qué lastiman, entonces el monte se va empequeñeciendo y las púas caen. 
Al otro lado de este encierro puede esperar el silencio, la nada, el vacío con la ayuda de nuestra visión positiva podremos convertirlo en un lugar creativo, expresión del alma,  nuestra capacidad de ser ó quizás si seguimos atadas al sufrimiento será otra forma de encarcelar nuestros verdaderos anhelos. 
Parece simple al masticar de la mente,  pero el desafío radica en sentirlo y no pensarlo, allí están la magia y nuestras alas esperando que ya no nos aferremos al dolor solo por encajar, solo por no mirarnos, solo por no sentir la soledad, solo por creernos bondadosas. 
Con mucho amor
Patricia Carulla